Sonrisas de Paris | Descubriendo Paris

Salgo de casa. Al primero que veo es al del bar de al lado que prepara las mesas en la vereda o se fuma un cigarrillo, solo, mientras toma un café de parado. Nos saludamos rápidamente. El primero de los “bonjour” “bonjour, ça va?” “ça va, et vous?” de la mañana, que se repiten cuando paso por la carnicería que recién sube la persiana y la verdulería de la vuelta, donde acomodan las mandarinas como si fueran joyas.

Atravieso el parque. Me cruzo a los mismos de siempre que sonríen inclinando levemente la cabeza.

Por el camino, unos saludan como si realmente nos conociéramos, otros parecen ni verme, como si no tuvieran visión periférica.

Esperando el metro también veo caras repetidas, los desconocidos frecuentes, que amagan media sonrisa cuando se cruzan las miradas. Somos los que salimos cada día a la misma hora y nos ubicamos estratégicamente en el mismo lugar del andén para quedar justo frente a donde estará la escalera o la combinación que nos va a tocar después. Se sonríe con los ojos… o tal vez sea idea mía.

Al llegar a mi estación alguien me empuja y pide perdón, pero le estoy pidiendo perdón yo también, a la vez, y entonces surge una risa espontánea entre ambos, tal vez por la sorpresa, por la torpeza o simplemente para relajar.

A veces las sonrisas reemplazan a las palabras, especialmente esa sonrisa recta, cómplice, acompañanada por los hombros que se alzan, cuando alguien está haciendo algo realmente extraño y justo se encuentra la mirada con alguien que estaba observando lo mismo.

La sonrisa más atípica, por suerte, cuando alguien se comporta como un maleducado y después uno cruza miradas con los demás que demuestran su  empatía con una sonrisa apretada y un movimiento de cejas.

Y mi sonrisa favorita, la sonrisa abierta cuando alguien dice gracias.

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